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CARTAS Y HOMILIAS DEL OBISPO

Homilía en el funeral de D. Emilio Aguarod Piedrafita

 

Queridos hermanos sacerdotes, queridos Pilar y Eduardo y demás familia Aguarod, fieles de las parroquias de Gurrea de Gállego, El Temple, La Paúl, San Jorge, Artasona del Llano; queridos hermanos y hermanas todos. Pido al Señor que nos bendiga con esa Paz que tanto necesitamos en estos momentos y que su Bien llene de esperanza nuestros días.

No salimos del asombro que nos ha traído la noticia del fallecimiento de este buen hermano que enterramos en esta mañana. El sábado comenzaron a sonar nuestros teléfonos móviles para decirnos la mala nueva de algo que parecía increíble. Y junto con la noticia nos íbamos apiñando unos y otros para decirnos en silencio las palabras dolidas de quien dolido pide consuelo.

Todos necesitamos ser consolados en este día. La familia Aguarod que nuevamente ve cómo uno de sus miembros se les arranca así de temprano; la familia de nuestro presbiterio diocesano que ve marchar a un buen hermano con cuya amistad y cercanía en la vocación común recibida teníamos aún tanto que ofrecer y trabajar en esta viña; la familia de los pueblos y parroquias por donde ha pasado este todavía joven sacerdote, particularmente las últimas, en las que con tanto afecto y gratitud amaban a su cura. Todos necesitamos ayudarnos con el consuelo y la esperanza cristianas.

En mis cuatro años y medio de obispo de Huesca, Emilio ha sido uno de los hermanos verdaderamente entrañables que inmerecidamente el Señor me ha dado. Atento y discreto a la vez, estuvo siempre cerca como un hermano. Estar cerca desde su disponibilidad tantas veces demostrada y cumplida, y estar cerca desde el afecto que pone ánimo, que enciende luz, que abraza penas y que se goza con las humildes alegrías.

Andábamos buscando caminos para una inquietud especial que no le dejaba, y que desde que conoció a la fundadora de las Misioneras del Pilar, la Madre Esperanza, él siguió pensando que se prendió en su alma un anhelo de fraternidad sacerdotal al que debía dar respuesta. Y así nos habíamos visto en los últimos tiempos varias veces tratando de encontrar cauce a esa noble y evangélica inquietud.

Llevó siempre en su corazón la preocupación por las vocaciones, y contamos con su oración y su entrega para sacar adelante nuestro pequeño seminario. Al igual que otras encomiendas que le fui confiando como director espiritual de la Adoración Nocturna o los Centros de Cultura Popular, además de llevar la Delegación de relaciones interconfesionales o ser Arcipreste en Ayerbe o Almudévar. Como un estribillo sincero, las gentes de todos los pueblos por donde él pasó o de los grupos que atendía me decían lo mucho que él quería y lo mucho que le querían.

El sábado, enterado de la tremenda noticia me personé en La Paul para hacer una primera oración antes de levantar el cadáver, y dar un abrazo conmovido a los sacerdotes que acudimos allí, al igual que a la familia y vecinos. Estábamos todos humanamente apesadumbrados. Lo mismo hice horas después al volver de confirmar pasándome por el tanatorio. Y sin embargo ese noble gesto, casi un sagrado rito, de mirarnos en silencio con los ojos empañados, de decirnos tantas cosas sin abrir los labios, de elevar una oración sentida y confiada, no nos quita un ápice el dolor que nos embarga.

Últimamente lo que tenido que decir más de una vez ante este trago del morir. Si todo terminara así, si todo acabase aquí, seríamos los más desgraciados de la tierra. Seríamos esa pasión inútil, esa pena lastimera, que sólo tiene como salida aguantar el golpe con la dignidad que se puede, pero sin poder rechistar ante tamaña provocación. Para los creyentes no todo termina así, ni aquí tampoco. Encontramos a Dios que sin aprovecharse de semejante trance, respetando como nadie la prueba de tan alto dolor, solloza detrás nuestro llorando con nuestras lágrimas mientras nos ofrece la esperanza de una paz cierta. Esa paz que más necesita nuestra alma en estos momentos. Esa esperanza que se hace promesa y que coincide con lo que nuestro corazón más desea y anhela. Y como algo casi increíble, como algo que no sabemos explicar, pero que sí entiende nuestro sentido creyente incluso en quienes tuvieran una fe débil y confusa, creemos que tiene más razón la respuesta de Dios que nuestro dolor ciego, que tiene más razón porque se corresponde más con nuestro más noble deseo: porque la esperanza de resucitar y de volver a vivir sin llanto, ni luto ni duelo con los que Dios mismo nos dio, es más humana que nuestro tormento blasfemo. Eso nos ha prometido el Señor, y junto a Él para siempre en esto consiste el cielo.

Por eso, el Evangelio que ayer domingo no predicó Emilio se nos propone con toda su humilde fuerza: no tengáis miedo. Dios ha vencido su muerte y la nuestra, y por más que el tiempo de la espera que ahora para él y para nosotros se inicia sea duro, es un tiempo que terminará para dar cabida eterna a esa tierra de la que somos peregrinos, esa que coincide del todo con lo que nuestro corazón desea y lo que Dios nos ha prometido.

Pedimos el eterno descanso de nuestro hermano, pedimos que las manos que en nombre del Señor tanto bendijeron y tanta gracia repartieron sean estrechadas por las manos misericordiosas de Dios bueno. Que sus labios ahora ya enmudecidos no dejen de cantar para Dios el canto para el que nacieron, y que le cuenten al Señor nuestros apuros y desvelos en el santo empeño de llevar adelante esta diócesis de Huesca sin que en ningún momento nos asalte el miedo.

Descanse en paz este buen hombre, buen cura y buen hermano. Que vivamos su ausencia como la despedida para un eterno reencuentro. El Señor ha vencido la muerte, y su resurrección nos acoge diciéndonos y dándonos el verdadero consuelo.

Le pido al Señor, delante de este féretro de alguien tan querido, que nos siga acompañando y nos ayude llamando a jóvenes que puedan tomar la antorcha de Emilio, poner en sus labios el mismo Evangelio y que repartan con entrega la gracia del amor de Dios. Descanse en paz.

 

 

+ Jesús Sanz Montes, ofm

Obispo de Huesca

23 junio 2008
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