Conferencia Episcopal

Artículos y entrevistas

Los oscenses postrados a tus plantas...

 

 

Desde el primer viernes de junio, en el piadoso ejercicio de los Tormentos de san Lorenzo, que se rezan hasta el viernes anterior a la fiesta, cantamos el himno al santo mientras se venera su reliquia y repetimos el conocido estribillo: “Los oscenses postrados a tus plantas y admirando tu fe sobre el dolor, te suplican infundas en sus vidas los alientos que el cielo te otorgó”.

Y en verdad que los cristianos necesitamos que san Lorenzo nos infunda valor y aliento para ser testigos de Jesucristo y vivir en nuestra sociedad actual el compromiso de ser, como el mismo Jesús nos dijo y esperar, sal de la tierra y luz del mundo.

Posiblemente no nos veamos en la situación límite en la que se vio san Lorenzo, cuando el emperador Valeriano se sintió ridiculizado por el diácono oscense, cuando éste le presentó, como los tesoros de la Iglesia, a pobres, enfermos y lisiados que había podido reunir en la ciudad de Roma y a quienes asistía con la aportación económica de aquella comunidad cristiana. Este hecho provocó la indignación y la cólera de la autoridad civil que decretó la muerte de Lorenzo, asado en una parrilla. Pero aunque nosotros no vivamos una situación semejante, de abierta persecución a los seguidores de Jesucristo, aunque en muchos países sí que se da, necesitamos la santa osadía del diácono Lorenzo, para vivir y confesar nuestra fe en una sociedad tan secularizada como la actual, a la que poco o nada parece interesarle el mensaje evangélico.

Aunque sigue siendo notoria la asistencia de cristianos a celebraciones tradicionales, romerías, procesiones, aniversarios así como el número de los niños y jóvenes que piden la clase de religión, también es patente el descenso en la participación de la eucaristía dominical, en la recepción del sacramento de la penitencia, del bautismo, la confirmación y el matrimonio cristiano. Se presenta a la Iglesia como institución anclada en el pasado, obsoleta, contraria a la cultura y al progreso y al mismo tiempo se alude a cualquier otra religión con respeto y tolerancia como signo de libertad religiosa y multiculturalismo que, en no pocas ocasiones, se niega a la Iglesia Católica.

Ante esta realidad, san Lorenzo se acerca a nosotros y nos pide: Valentía y fortaleza de ánimo para vivir la fe, sin fanatismos —siempre condenables— sin actitudes arrogantes, sino con convencimiento, pasión y entusiasmo. Sin victimismos, sino con gozo y esperanza. Los mártires no morían matando sino cantando, perdonando y amando. Sin pretensión de poder ni privilegios, sino en actitud de permanente servicio. También nos pide constancia y tesón en la defensa de ciertos valores irrenunciables a la luz del Evangelio, empezando por el valor de la vida desde sus comienzos hasta su fin natural. Y todo esto dentro de la institución eclesial, aún a riesgo de parecer conservadores y anticuados. La fe no se puede vivir a la carta ni por libre, sino con radicalidad evangélica y en comunidad, a pesar de las deficiencias, errores y pecados de la Iglesia que son, en definitiva, nuestras deficiencias, errores y pecados.

Que san Lorenzo nos aliente a ser testigos de nuestra fe cristiana; la fe que da sentido a nuestra vida; la fe que hace posible la fraternidad; la fe que nos hace mirar a los pobres, enfermos y marginados como a los preferidos de Dios, como los miró san Lorenzo y como a tales los sirvió.

 

Manuel Malo Morén, párroco de la basílica de San Lorenzo

 

Huesca, 4 de agosto de 2017

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