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Elena Castilla: “Este voluntariado me ha cambiado la forma de mirar el mundo, te vuelves más sensible”

 

 

“Vayan, sin miedo, para servir”. Estas palabras que pronunció el papa Francisco en la Jornada Mundial de la Juventud de Río y que hoy sirven como lema para la celebración del Día de Hispanoamérica, son una buena síntesis de la experiencia que vivió hace unos meses la joven Elena Castilla como voluntaria en la sierra de Perú con la ONG jesuita ‘Entreculturas’.

En este Día de Hispanoamérica, que se celebrará este domingo, 5 de marzo, en todas las diócesis de España, la Iglesia renueva su compromiso misionero. El papa Francisco nos anima continuamente a que seamos una Iglesia en salida, “que no puede tener miedo de encontrar y de descubrir la novedad”. El miedo precisamente fue lo que pasó desapercibido para esta joven, estudiante de medicina y misionera en potencia que no dudó en “enfrascarse en este proyecto que se llama ‘Creciendo Juntos’”.

Desde que empezó la carrera, tenía claro que quería vivir una experiencia de voluntariado sanitario cuando la terminase, pero se le presentó antes esta oportunidad que no desaprovechó y que volvería a repetir. Todavía se emociona al recordar esas cuatro semanas en Perú y el impacto que le produjo conocer de cerca esa realidad tan distinta.

 

¿En qué consiste este proyecto ‘Creciendo juntos’?

La idea del proyecto es hacer campamentos de verano con los niños de la zona. Comenzábamos el día con una oración y venían los niños al campamento. Concretamente, el proyecto de la sierra, donde yo estaba, era nuevo así que todavía quedaba mucho trabajo por hacer para acondicionar el área. Pero normalmente, los niños vienen a las ludoteca, que así las llaman ellos aunque en realidad son casitas que hay instaladas en las parroquias, generalmente, y les organizamos juegos. Me sorprendía que muchos niños no tenían esa cultura de jugar, porque viven en comunidades campesinas en donde tienen que trabajar y muchas veces no tienen ni acceso a juegos o incluso ni pueden estar con otros chavales de su edad.

Lo que más me estremeció fue un barrio que se llama el Agustino, que es un distrito construido en los cerros, al que muchas veces no llega ni agua, ni luz. Eran casas que estaban en la ruinas, con aceras estrechas, ratas muertas y veías a los niños jugando al lado ellas. En esos momentos, siempre me repetía lo mismo " ¡Qué realidad tan distinta a la que he vivido yo!"

 

¿Esta experiencia ha marcado un antes y un después en tu vida?

Espero que sí. Desde luego ahora mismo todavía sigo tocada y sigo examinando qué ha supuesto esto para mí. Me ha cambiado la forma de mirar el mundo, te vuelves un poco más sensible a las realidades de tu entorno, valoras más lo que tienes: el acceso a la universidad, la higiene, la comida, la sanidad o la familia porque en Perú, los niños están un poco abandonados.

 

¿Con qué te quedarías de esta experiencia? ¿Qué es lo que te traes en tu corazón?

Sobre todo la palabra ACOGIDA. Recuerdo una señora que nos quiso invitar a comer a los once en su casa, aunque al final solo fueron dos. En su casa sólo tenía una habitación con una cama para ella y para los pollos del corral, que tenían que dormir calientes. A pesar de eso, probablemente, hiciera la mejor comida que se podría haber permitido durante todo el año, para gente que ni conocía.

 

¿Un mundo más justo es posible?

Sí, creo que es posible si luchamos un poco entre todos y cada uno aportamos nuestro granito de arena. Es fácil hacerlo en nuestro propio mundo, no hace falta irse a Perú para ayudar. Podemos conseguirlo.

 

Huesca, 1 de marzo de 2017

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