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Entrevista a Mons. Damián Iguacen, Obispo emérito de Tenerife y obispo centenario

 

 

Mons. Damián Iguacen Borau, Obispo emérito de Tenerife, cumplirá el viernes, 12 de febrero, cien años. Con este motivo, la diócesis de Huesca, donde vive actualmente, ha preparado un homenaje en la Catedral de Huesca, ese mismo día, a las 12:30 de la mañana.

Natural de Fuencalderas (Zaragoza), ha sido obispo de Barbastro, Teruel y Tenerife. Ordenado sacerdote al servicio de la diócesis de Huesca por monseñor Lino Rodrigo el 7 de junio de 1941, ha impulsado y promovido muchas iniciativas que hoy en día siguen vigentes en ámbitos como la educación prematrimonial, la juventud, los enfermos, o el patrimonio cultural de la iglesia.

 

¿Cómo fue su recorrido por las diferentes diócesis de Aragón en las que trabajó?

Mi primer pueblo fue de la diócesis de Huesca, Ibieca, seguido de Aguas, Liesa, Panzano y Santa Cilia. Allí, estuve muy bien. También estuve en la zona de san Úrbez, en Torla, en Fragen, en Viú… Después, me trasladaron al Seminario de Huesca, donde estuve durante 4 años de vicerrector y desde allí, ya empecé a dar ejercicios espirituales. Además, trabajé un tiempo en el Seminario de Zaragoza y luego volví a Huesca a la parroquia de San Lorenzo.

 

En la Basílica de San Lorenzo de Huesca fue párroco de 1955 a 1969, ¿Qué significa para usted esta etapa?

Significa mucho porque el Señor me dio muchas posibilidades, en esa parroquia, para atender a la gente. En aquellos años, hicimos unas experiencias muy buenas que repercutieron en toda España, atendimos sobre todo a los que estaban exiliados y a enfermos, porque después de la Guerra Civil hubo un poco de represalias.

Una de las iniciativas, que más éxito tuvo, fueron los cursos de preparación al matrimonio, que se extendieron por toda la geografía española y ahora, son obligatorios. También ofrecimos ejercicios espirituales a matrimonios y a partir de allí, me llamaron de muchas diócesis para dar ejercicios. He estado en Cuba, Argentina, Brasil, Italia, Francia. Los ejercicios espirituales han sido una de mis ocupaciones principales.

 

Formó parte de diferentes comisiones episcopales, de Liturgia, de Vida Religiosa, de Patrimonio Cultural… y de esta última, fue impulsor.

El área de Patrimonio Cultural era totalmente desconocida, pero yo tenía una sensibilidad especial por este tema. No existía esta comisión, todo lo que hay se empezó entonces y lo que se hizo fue ponerla a funcionar en atención a cuidar el Patrimonio Cultural y a hacer del Patrimonio Cultural un medio de evangelización. Así continúa, aunque me gustaría que siguieran con más garra.

Es un tema muy bonito. La Iglesia crea arte para anunciar el Evangelio porque, todo eso que nos gusta, tiene una trascendencia. No nos quedemos en lo bonito que es o en la técnica. El patrimonio nos lleva a Dios, que es la belleza. Muchas personas un poco alejadas de la religión o no creyentes, me han dicho: pues mire, yo ya voy creyendo por eso que nos ha explicado. Una de las cosas por lo que más contento estoy es por haber anunciado el Evangelio desde el Patrimonio.

 

¿Qué balance o qué reflexión hace de estos cien años de su vida y más de 50 de servicio a la Iglesia como obispo?

No tengo palabras para dar gracias al Señor. No sé porque puso en mí esa ilusión de ser sacerdote y a través del sacerdocio llevar almas al Señor, salvar personas, hacer felices a las personas que me tratan, a la gente que me conozca… He sido un pecador. No todo lo he hecho bien, pero con malicia puedo decir que no he hecho nada.

 

Huesca, 1 de febrero de 2016

 

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