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Artículos y entrevistas
LA ALEGRÍA DE UNA ENTREGA
Fue en la fiesta de Santa Inés, virgen y mártir; una joven romana, que rubricó con su sangre la virginidad, en plena juventud. 21 de enero de 1955. Hace 50 años profesé mis primeros votos y consagré toda mi vida al servicio de Dios y los más necesitados de ayuda, los ancianos, los enfermos.
Desde muy joven sentí la llamada de Dios, que fue creciendo progresivamente en mi interior. Soy la mayor de seis hermanos. Nací en una familia cristiana. En ella se rezaba, se frecuentaba asiduamente los sacramentos, se vivía una vida de piedad, de moralidad, de profunda fe y de convicciones claras acerca de las responsabilidades y del compromiso cristiano, como bautizados e hijos predilectos de Dios; en una palabra, una familia numerosa, unida y feliz.
Como el susurro interior que me llamaba a ser religiosa no me dejaba en paz, lo comenté con mis padres. En principio no me dejaban marchar. Dejar a mi madre era lo que más me costaba. Un buen día hablamos con el párroco, un hombre de Dios, buscador incansable de la gloria de Dios y del bien de las almas. Al preguntarme dónde me quería ir para prepararme para ser religiosa, le dije rotundamente que con las hermanitas. Las conocía mucho, porque me encantaba acompañarlas en la postulación anual por los pueblos: eran tan sencillas y tan buenas, que no dudé lo más mínimo. Hice unas experiencias con ellas y ya, con la bendición y el permiso de mis padres, seguí el proceso de formación religiosa (postulantado y noviciado).
Llegando el día señalado, 21 de enero de 1955, con el mayor gozo, tuve el gran privilegio de confirmar y ratificar mi total entrega al Señor. Me parece que fue ayer, pero ya han pasado 50 años. Estoy segura. Dios me llamó para ser su esposa, por una parte; y para ser la hermanita servidora de los ancianos, por otro. Por ambos motivos celebro esta fiesta de acción de gracias.
Doy gracias a Dios por tantos beneficios como incluyen cincuenta años, día tras día, en oración fiel y caridad silenciosa. Sólo mi alma conoce todos los favores divinos que motivan este agradecimiento. Siempre me he sentido muy feliz y muy unida a la Iglesia, y de un modo especialísimo a mi congregación.
Con este simple y sencillo testimonio quisiera estimular a todos, pero muy especialmente a los jóvenes, a valorar la vocación sacerdotal, a la vida religiosa, al apostolado misionero; me gustaría animar a seguir a Jesucristo, a ese Jesús que no engaña, que jamás defrauda, que nos da, al entregarnos a Él, el ciento por uno, y después la vida eterna. ¡Anímate! ¡Arriésgate! ¡Sé valiente!
Sor Sagrario Ibarrola.
16.01.2005
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