Conferencia Episcopal

Comentario del Evangelio

 

Es el tiempo de la Iglesia

 

 

Juan 20, 19-23:

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

 

Comentario:

El centro es Jesús

Ésta es una de las últimas apariciones de Jesús resucitado que nos relata el evangelio de Juan. Antes de concluir su libro aún nos relatará dos más: cuando Jesús se aparece para disipar las dudas de Tomás (20,24-29) y la última aparición a sus discípulos en torno al lago de Galilea (21,1-23). En el evangelio de este domingo solo escuchamos la voz de Jesús. Solo está Jesús, su palabra y el Espíritu Santo. Esta sobriedad en la narración nos indica que a lo que debemos prestar toda la atención es, precisamente, a las palabras y acciones de Jesús.

El marco narrativo

Sabemos que era el primer día de la semana, al atardecer. Sin más concreción. Sin embargo, el libro de los Hechos de los Apóstoles nos relata también esta misma escena y la coloca en la fiesta de Pentecostés (Hch 2,1-4). Ésta era una fiesta judía llamada en origen, fiesta de las semanas. Realizada al final de la cosecha, el pueblo ofrecía sacrificios de agradecimiento al Señor por los frutos recogidos. Tenía lugar 50 días después de otra fiesta judía, la de la Pascua. Más tarde y por el influjo del griego pasaría a llamarse fiesta de Pentecostés, que es como hoy la conocemos.

El Espíritu santo es otro regalo de Dios

Volviendo a nuestro evangelio de Juan constatamos cómo era la actitud de los discípulos de Jesús en este momento: estaban atemorizados, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Aunque nuestro texto no lo dice, sabemos la fuerza del Espíritu Santo que Jesús les comunicó cambió la actitud de los discípulos, la transformó. Quizás más de uno esté pensando ahora cómo explicamos al Espíritu Santo. Pienso que no se trata tanto de explicar, cuanto de creer en él, que es “la promesa del Padre” (Lc 24,49), don de Dios que hace presente aquí y ahora al Señor Jesús. Es la fuerza de Dios que disipa el temor y el miedo. El Espíritu Santo es constructor de paz. Sí, la paz de Jesús, esa paz que el Resucitado siempre deseaba a los suyos cuando se aparecía, no solo como un saludo, sino como el deseo de que la recibieran como una tarea y una misión.

Pentecostés

El verbo utilizado por Jesús para comunicar el Espíritu Santo a los suyos (sopló v. 22) recuerda el primer libro de la Biblia. Cuando el libro del Génesis nos dice que “Dios […] insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente” (Gn 2,7). Resulta entonces que el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús es el que nos capacita para seguir viviendo y nos envía a la misión. Hagamos un resumen: fuerza de Dios y de Jesús (Hch 1,8), paz, valentía, envío, testimonio, misión, liberación de los pecados, fuerza de vida y para la vida… Sí, es Pentecostés, tiempo del Espíritu Santo, tiempo de la Iglesia para seguir dando testimonio de Cristo resucitado. Sin temor. Con alegría. Con decisión.

 

Rubén Ruiz Silleras

 

 

Domingo de Pentecostés, ciclo C.

9 de junio de 2019.

 

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