Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Julián Ruiz Martorell

La santidad: llamada, don, itinerario

 

 

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Queridos hermanos en el Señor:

Os deseo gracia y paz.

La Solemnidad de Todos los Santos nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre la santidad. Lo hacemos desde una triple perspectiva: llamada, don e itinerario.

1) Llamada: existe una llamada universal a la santidad. Es la vocación particular a la que Dios llama a cada persona. Escribe san Pablo: “Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1 Tes 4,3). Y también: “Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos” (Ef 1,4). No hay nadie que no haya nacido para ser santo. Esto puede asustar, e incluso ser motivo de burla o de rechazo. Los santos nos parecen inalcanzables, distintos y distantes. Pero sabemos que el Señor nos concede “el ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión y la participación en su destino”. El corazón humano está orientado hacia un destino de plenitud y de gracia. La santidad es la brújula, el eco, la brisa suave en la que percibimos claramente que Dios nos llama, por nuestro nombre, para algo grande.

2) Don: la santidad es un regalo, una gracia que procede del Señor. No es consecuencia de nuestros esfuerzos, aunque supone poner todos los medios a nuestro alcance para avanzar. Pero no hay nada que no hayamos recibido. Por eso, se trata de dar gratis lo que gratis hemos recibido. Es preciso ser agradecidos y compartir la vida gratuitamente, sin límites, con horizontes amplios, con amor apasionado.

El Señor, a través del testimonio admirable de los santos, fecunda sin cesar a la Iglesia con vitalidad siempre nueva, y nos da así pruebas evidentes de su amor.

3) Itinerario: la santidad supone un recorrido, un proceso, un sendero. En ningún momento de nuestra vida se puede decir que hemos alcanzado la meta. De hecho, puede haber avances, pausas, tropiezos  y retrocesos. Llegará el momento definitivo en el que toda nuestra vida se plegará como un libro sellado. Será el momento en que el beso de Dios nos despertará a la vida nueva y definitiva. Al llegar a la cima veremos, ya con los ojos de Dios, el peso y la consistencia de nuestras acciones, la oportunidad y el valor de nuestras palabras, el fruto fecundo de nuestro silencio, la cosecha de amor que dará sentido a nuestra particular historia de salvación.

En el diario camino de conversión, el amor abnegado de Dios hace brotar en nuestros corazones el deseo de responder a su llamada. La belleza de la santidad de Dios brilla de modo especial en los santos.

 

Recibid mi cordial saludo y mi bendición.


 

+ D. Julián Ruiz Martorell, obispo de Huesca y de Jaca

 

1 de noviembre de 2020

 

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