Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Julián Ruiz Martorell

Considerar el amor de Dios

 

 

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Queridos hermanos en el Señor:

Os deseo gracia y paz.

Durante el verano tenemos tiempo para experimentar, considerar y agradecer el amor de Dios. Podemos sentir vivamente su amor eterno, envolvente, precedente y providente. San Juan de Ávila en su obra “Tratado del amor de Dios” nos propone algunas reflexiones:

1) “La causa que más mueve el corazón al amor de Dios es considerar profundamente el amor que nos tuvo Él, y, con Él, su Hijo benditísimo, nuestro Señor” (nº 1).

2) A propósito de las pruebas del amor de Dios, nos dice: “Y si todavía eres incrédulo a este amor, mira todos los beneficios que Dios te tiene hechos, porque todos ellos son prendas y testimonios de amor. Echa la cuenta de todos ellos cuántos son, y hallarás que todo cuanto hay en el cielo y en la tierra, y todos cuantos huesos y sentidos hay en tu cuerpo, y todas cuantas horas y momentos vives de la vida, todos son beneficios del Señor. Mira también cuántas buenas inspiraciones has recibido y cuántos bienes en esta vida has tenido; de cuántos peligros en esta vida te ha librado, en cuántas enfermedades y desastres pudieras haber caído si Él no te hubiera librado, que todas éstas son señales y muestras de amor” (nº 2).

3) Por ello, exclama: “¡Oh amor grande, oh amor gracioso, digno de ser gratificado con amor! Danos, Señor, a sentir con todos los santos la alteza y profundidad, la grandeza y largueza de este amor (cf. Ef 3,18), porque por todas partes sea nuestro corazón herido y conquistado de este amor” (nº 3).

4) San Juan de Ávila nos invita a considerar la grandeza del amor de Cristo: “¡Oh Amor divino, cuánto mayor eres de lo que pareces por acá de fuera! Porque tantas llagas y tantos azotes y heridas, sin duda nos predican amor grande; mas no dicen toda la grandeza que tiene, porque mayor es por de dentro de lo que por de fuera parece. Centella es ésta que sale de fuego, rama es ésa que procede de ese árbol, arroyo que nace de ese piélago de inmenso amor” (nº 7).

5) Sobre el amor de Jesucristo expresado en la cruz, afirma: “No solamente la cruz, mas la misma figura que en ella tienes, nos llama dulcemente a amor; la cabeza tienes inclinada, para oírnos y darnos besos de paz, con la cual convidas a los culpados, siendo tú el ofendido; los brazos tendidos para abrazarnos; las manos agujereadas, para darnos tus bienes; el costado abierto, para recibirnos en tus entrañas; los pies enclavados, para esperarnos y para nunca poderte apartar de nosotros. De manera que mirándote, Señor, todo me convida a amor: el madero, la figura, el misterio, las heridas de tu cuerpo; y, sobre todo, el amor interior me da voces que te ame y que nunca te olvide de mi corazón” (nº 11).

El amor de Dios nos impulsa a comunicar a los demás el amor experimentado. Dios nos invita a ver en cada ser humano no un rival, ni un enemigo, sino un hermano. Una narración oriental dice: “Un hombre ve cómo en el horizonte, al final del camino que está recorriendo, se perfila una figura que avanza hacia él y que tiene todo el aspecto de ser una fiera. Pero en medio de la estepa no hay escape posible: hay que proseguir. La figura, cada vez menos lejana, resulta ser la de un hombre. Pero el miedo no desaparece: podría ser un depredador, un bandido solitario. El caminante sigue avanzando, porque en realidad no existe alternativa. Prácticamente ni se atreve siquiera a alzar la vista. Finalmente, los dos se encuentran el uno frente el otro: "Alcé los ojos y le miré a la cara: ¡era mi hermano, a quien hacía años que no había visto!"”.

La Virgen María es ejemplo de amor vivido. Ella nos sostiene en nuestro caminar y nos ayuda a comprender que el amor genuino no es un sueño o una fantasía, sino que se concreta y concentra en el seguimiento de una persona: Jesucristo. El amor cristiano tiene un nombre, un rostro y una historia: Jesús de Nazaret.

 

Recibid mi cordial saludo y mi bendición.


 

+ D. Julián Ruiz Martorell, obispo de Huesca y de Jaca

 

2 de agosto de 2020

 

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