Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Julián Ruiz Martorell

Testigos de esperanza

 

 

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Queridos hermanos en el Señor:

Os deseo gracia y paz.


En estos días en que el coronavirus limita nuestros movimientos fuera de casa y nos devuelve a una cruda realidad que no hubiésemos imaginado hace unos meses, como cristianos nos situamos en actitud de serena esperanza.

Hemos de cumplir rigurosamente las indicaciones de las autoridades sanitarias y civiles. Nuestro comportamiento ha de ser convencido y convincente. Esta es una buena oportunidad para dar ejemplo y ser testigos creíbles de fe, agentes gozosos de esperanza y difusores cualificados de caridad.

Las instituciones socio-caritativas de la Iglesia continúan su acción, con iniciativas diversas de enorme creatividad. Es necesario atender a las personas más vulnerables, a quienes no han tenido oportunidades en la vida. Las crisis suelen perjudicar siempre a los más débiles.

Los sacerdotes hemos de vivir una genuina y fecunda espiritualidad. Lo hacemos cada día recitando la liturgia de las horas de manera pausada, recogida y, al mismo tiempo, universal. Lo hacemos también a través de las lecturas de buenos libros que nos animan y enriquecen. La celebración de la Eucaristía, aunque sea sin fieles, tiene un valor infinito. En ella rezamos, de manera especial, por los difuntos y por sus familiares, en espera de poder celebrar las exequias para dar gracias a Dios por el don de la vida, para pedir perdón y misericordia y para reconfortarnos unos a otros desde la esperanza en la resurrección. A través del teléfono o de otros sistemas de comunicación podemos llegar a los ancianos que viven solos, a quienes están ingresados en los hospitales, a quienes sufren inquietud y desconsuelo.

Las comunidades religiosas intensifican durante estos días sus tiempos comunes de oración y de convivencia. Hasta hace pocos días, las tareas cotidianas reducían los momentos de encuentro comunitario. Esta es una buena oportunidad para convivir más y mejor, con mayor capacidad de acogida y con paciencia respetuosa y creciente. Se puede compartir una conversación más distendida, más sabrosa. Se pueden leer y estudiar, con mayor provecho y profundidad, los documentos que marcan el proceso de fidelidad dinámica a los propios carismas fundacionales.

Los seglares tienen oportunidad de redescubrir los valores fundamentales de la familia. Y no se trata solamente de “soportarse” recíprocamente. Ahora hay que inventar nuevos modos de estar con los niños, de atender sus llamadas, sus solicitudes, de responder a sus preguntas sinceras y llenas de ingenio. Los adolescentes y los jóvenes van construyendo un peculiar modo de ser que requiere un espacio propio y un específico tiempo de maduración. Es preciso estar junto a ellos con flexibilidad y criterio, con amor y confianza, desde la cercanía y el respeto. Este es un buen momento para llamar con frecuencia a los abuelos, para llevarles el consuelo de una palabra de afecto, de un mensaje de ternura.

Cuando el espacio de nuestros movimientos se limita, se amplía el horizonte de nuestra inquietud misionera. Sentimos como propios los gozos y las inquietudes de las personas cercanas y también de las que viven y sufren lejos de nosotros.

Hemos de crecer en solidaridad, en expresiones de agradecimiento, en gestos de comprensión y de afecto, en muestras de amor sincero y comprometido. Y, aunque nuestras manos no se junten con las de los demás, nuestros corazones estarán cada vez más unidos.

Estamos llamados a ser luz, a comunicar la luz que es Jesucristo, a transmitir su vida, a seguir su camino, a difundir su Verdad.


Recibid mi cordial saludo y mi bendición.


 

+ D. Julián Ruiz Martorell, obispo de Huesca y de Jaca

 

29 de marzo de 2020

 

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