Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Julián Ruiz Martorell

La luz en Adviento

 

 

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Queridos hermanos en el Señor:

Os deseo gracia y paz.


El profeta Isaías anuncia: “Casa de Jacob, venid; caminemos a la luz del Señor” (Is 2,5). También expresa su lamento: “¡Ay de los que llaman bien al mal y mal al bien, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!” (Is 5,20). Describe una situación angustiosa: “Se mire por donde se mire: oscuridad y angustia en la tierra, y la luz oscurecida por la bruma” (Is 5,30). También anuncia un signo: “Pues el Señor, por su cuenta, os dará un signo. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel” (Is 7,14).

Es posible una transformación: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló” (Is 9,1). “La luz de la luna será como la luz del sol, y la luz del sol será siete veces mayor, como la luz de siete días, cuando el Señor vende la herida de su pueblo y cure las llagas de sus golpes” (Is 30,26).

Se anuncia al Siervo del Señor con estas palabras: “Yo, el Señor, te he llamado en mi justicia, te cogí de la mano, te formé e hice de ti alianza de un pueblo y luz de las naciones” (Is 42,6). Y también: “Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra” (Is 49,6). El Señor dice: “ante ellos convertiré la tiniebla en luz” (Is 42,16).

El Señor comunica al pueblo el ayuno que Él desea y cuáles serán las consecuencias: “Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor y te responderá; pedirás ayuda y te dirá: "Aquí estoy". Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies al alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía” (Is 58,6-10).

El Señor llega como un nuevo amanecer: “¡Levántate y resplandece, porque llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor y su gloria se verá sobre ti. Caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora” (Is 60,1-3).

La luz del Señor no se extingue: “Ya no será el sol tu luz de día, ni te alumbrará la claridad de la luna, será el Señor tu luz perpetua y tu Dios tu esplendor. Tu sol ya no se pondrá, ni menguará tu luna, porque el Señor será tu luz perpetua” (Is 60,19-20).

Benedicto XVI escribe en Spe salvi: “Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía. Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, Ella que con su "sí" abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo; Ella que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su tienda entre nosotros (cf. Jn 1,14)?” (n. 49).

En el itinerario de Adviento nos acompaña la luz de María Inmaculada, Señora de la luz, estrella de la fe, estrella de la Nueva Evangelización. Ella fue la primera en acoger a Jesús, luz del mundo. Ella nos enseña que la fe transforma el corazón y la vida de los creyentes y nos ayuda a ver la realidad a la luz de Dios. En Adviento surge un nuevo amanecer y es preciso actuar en consecuencia.


Recibid mi cordial saludo y mi bendición.


 

+ D. Julián Ruiz Martorell, obispo de Huesca y de Jaca

 

8 de diciembre de 2019

 

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