Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Julián Ruiz Martorell

Los pobres de salud son una riqueza

 

 

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Queridos hermanos en el Señor:

Os deseo gracia y paz.

La Campaña del Enfermo, celebrada en España entre el 11 de febrero (Jornada Mundial del Enfermo) y el VI Domingo de Pascua (Pascua del Enfermo), se centra este año en el voluntariado en la Pastoral de la Salud.

Los voluntarios entregan no solamente su tiempo, sino su propia vida. Los enfermos necesitan ser acogidos, atendidos, cuidados, respetados, acompañados. Todo ello requiere un nivel de profesionalidad y una gran cantidad de ternura y delicadeza. Las personas enfermas necesitan sentirse queridas. Los voluntarios y los cuidadores de enfermos saben bien lo que significa expresar gratuidad de un modo sencillo e inmediato. En ocasiones basta una atenta escucha, una sonrisa sincera o una oportuna caricia.

Las personas voluntarias comparten su vida generosamente porque se sienten agraciadas. No entienden su vida como una posesión o una propiedad privada, sino como un regalo que desean compartir. Puesto que todo lo han recibido del Señor, saben que el mejor modo de vivir es compartiendo lo que se es y lo que se tiene.

Nuestra sociedad se caracteriza por la indiferencia ante el sufrimiento ajeno y por el descarte de las personas que no se consideran productivas y eficaces. El regalo de sí mismos que realizan los voluntarios es un desafío a los criterios actuales del individualismo y la fragmentación  social. Los voluntarios saben estrechar vínculos, saben generar nuevas formas de cooperación, saben dialogar. Las personas voluntarias no se desaniman en medio de las dificultades o el cansancio, sino que continúan dando tiempo, alegría y amor a todos los que lo necesitan.

Nuestro contexto social y cultural tiende a esconder la fragilidad física, a considerarla solamente como un problema incómodo. Sin embargo, los pobres de salud son una riqueza para la Iglesia. Los voluntarios han recibido el don y el compromiso de recoger esta riqueza para valorarla, de modo que sea reconocida por toda la sociedad. Los enfermos no son sólo objeto de solidaridad y de caridad, sino miembros activos en la vida y en la misión de la Iglesia y en el conjunto de la sociedad.

En la Pascua del Enfermo muchas personas reciben la Unción de enfermos. En las parroquias, residencias, hospitales y otros centros de atención se reconoce que la Unción no es un preludio de la muerte, sino un sacramento específico instituido para abrir a los enfermos a la plenitud del misterio pascual, de modo que puedan gozar de salud de alma y cuerpo. La gracia propia de este sacramento consiste en acoger en la vida personal a Cristo que sana. Sin la ayuda del Señor, el yugo de la enfermedad y el sufrimiento se vuelve muy pesado. Quienes experimentan dolor, angustia, soledad, vejez, inquietud física y espiritual necesitan acoger al Señor que se acerca para renovar sus vidas.

Jesús envió a sus discípulos a curar enfermos y el sacramento de la Unción está atestiguado como gesto peculiar en la primera comunidad cristiana. En la Carta de Santiago se afirma: “¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que recen por él y lo unjan con óleo en el nombre del Señor. La oración hecha con fe salvará al enfermo y el Señor lo restablecerá; y si hubiera cometido algún pecado le será personado” (Sant 5,14-15).

Cristo sana no desde fuera del sufrimiento padecido, sino desde dentro. Cristo alivia viniendo a habitar en quien experimenta la enfermedad. Cristo lleva sobre sus hombros la enfermedad y la vive junto con el enfermo. De este modo, nadie se puede sentir solo y abandonado, incomprendido o rechazado.


Recibid mi cordial saludo y mi bendición.


 

+ D. Julián Ruiz Martorell, obispo de Huesca y de Jaca

 

26 de mayo de 2019

 

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