Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Julián Ruiz Martorell

El encuentro con el Señor nos transforma

 

 

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Queridos hermanos en el Señor:

Os deseo gracia y paz.

El domingo pasado celebrábamos la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones y la Jornada y Colecta de las Vocaciones Nativas, dos iniciativas pontificias que generan comunión, fortalecen los vínculos que estrecha la plegaria conjunta y animan la vida y misión de la Iglesia.

Quienes se encuentran con Jesucristo sienten la urgente necesidad de comunicarlo a los demás. Les apremia el deseo de dar a conocer lo que Jesucristo significa en sus vidas, el cambio radical que se produce a raíz de su encuentro con el Señor.

Quien tiene una experiencia personal de Cristo descubre la luz definitiva que orienta sus pasos. Alcanzado por Cristo, tocado en lo profundo del corazón, sanado de sus heridas, restablecido de sus desventuras, despertado de sus pesadillas, robustecido con una fulgurante fuerza interior, animado con un vigoroso aliento, invitado a dar testimonio, se convierte en mensaje vivo, en trasparencia de la claridad de un nuevo día.

Cristo es la nueva medida del tiempo. Las horas, los días, las semanas, los meses, los años tienen una duración concreta. Pero, además de la contabilidad puramente numérica, existe una contabilidad sapiencial, totalmente diferente, que registra el tiempo no según su sucesión y cantidad, sino según sus contenidos, los valores que la persona introduce dentro, los objetivos, los ideales por los que vive, la vocación que le seduce y la misión que le apasiona.

Con Jesucristo vivimos un encuentro que cambia nuestra vida. Cada uno de los días de nuestra vida es rescatado de la banalidad, de las prisas, de la inconsistencia, y es injertado en el tiempo de Dios, que construye para la humanidad una historia de salvación. Una salvación que atraviesa la trama de los hechos y de los gestos cotidianos. De esta forma, los días más irrelevantes y comunes se vuelven significativos. Un momento aparentemente fugaz se transforma en una oportunidad decisiva.

Con Cristo, la historia tiene un antes y un después. Y también un “durante”, porque en Él cada segundo alcanza sentido, densidad y precisión. Fuera de Jesucristo, la sucesión de tiempos puede resultar errática, desequilibrada. Sin Cristo, la realidad se vuelve líquida, se diluye, se escapa entre los dedos. Sin el Señor, el contexto se vuelve borroso, se difumina el rostro de los hermanos, ya no se reconoce el perfil concreto de cada cual con su historia y circunstancias, de modo que la personalidad e identidad de los demás se difumina. Ya no nos relacionamos con las personas, sino con “gente”.

Es Cristo quien nos llama, porque nos ama. Pronuncia con amor nuestro nombre personal y nos envía al servicio de los hermanos.

Cristo es todo para nosotros y no debemos anteponer nada a su amistad. Cristo nos invita a permanecer en Él, como los sarmientos unidos a la vid. Permanecer en su amor es insertarse en Él. Permanecer en su amor es querer lo que Él quiere. Permanecer en su amor es darle solidez a todas nuestras relaciones.

San Pablo, que definió su experiencia vital diciendo: “vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20), nos animaría diciéndonos: Abre tu corazón a la persona de Cristo, apoyado en la Palabra de vida. Abre tu corazón a los misterios entrañables de Cristo. Abre tu corazón a los hechos de Cristo. Abre tu corazón a las palabras de Cristo. Abre tu corazón a la Buena Nueva de Cristo, orando con los sentidos interiores de tu mismo corazón.


Recibid mi cordial saludo y mi bendición.


 

+ D. Julián Ruiz Martorell, obispo de Huesca y de Jaca

 

19 de mayo de 2019

 

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