Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Julián Ruiz Martorell

Cultivar la amistad con el Señor

 

 

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Queridos hermanos en el Señor:

Os deseo gracia y paz.

Con frecuencia, nos encontramos con personas abatidas, sacudidas por el miedo, estremecidas por el drama de la soledad, agazapadas en la desconfianza, tristes y enfermas. No se debe menospreciar su sufrimiento, ni minusvalorar su abatimiento y depresión. Pero tampoco se puede olvidar un misterio tan grande como es la amistad profunda que el Señor nos ofrece y nos garantiza.

Jesús nos dice: “Ya no os llamo siervos… a vosotros os llamo amigos” (Jn 15,15). El estado de amistad con el Señor significa que toda la vida se ve y se siente en manos de Alguien que busca nuestro bien. Es Dios quien nos ha creado. Es Dios quien nos ha amado. Es Dios quien nos ha elegido y nos ha capacitado para una misión. Es Dios quien nos envía a ser sus testigos.

El amigo del Señor tiene el ánimo confiado y fortalecido porque descubre dentro de sí, como capacidad, algo que es activado y despertado por Alguien que viene desde fuera para quedarse muy dentro. La amistad con el Señor no es una ilusión, pues su objetivo es el fortalecimiento interior para asumir y afrontar la propia vida desde la nueva y definitiva luz del amor.

El amigo del Señor vive desde una relación necesaria y personal con Dios en el cual descubre la raíz de la auténtica felicidad. No busca itinerarios de realización personal que discurran al margen del vínculo con el Señor. Sabe distinguir entre caminar en la presencia del Señor y transitar por sendas perdidas. Conoce vitalmente la diferencia que hay entre las verdades efímeras y la Verdad que es una Persona: Jesucristo. Es consciente de que no puede haber auténtica vida al margen de la Vida que es el Señor.

Ser amigo del Señor es estar enraizado en un terreno de fe. Por ello, la persona de fe puede estar serena, porque la serenidad es también un sentimiento de seguridad profunda en medio de tantas vacilaciones e incertidumbres.

A sus amigos, el Señor les concede una constitución interna que les da un nuevo fundamento, una confianza creyente. Hay un cimiento fuerte, firme, seguro, sobre el cual se puede edificar sin miedo al colapso.

Ciertamente, esto no se puede decir con palabras, sino que hay que expresarlo en la vida. El cultivo de la amistad con el Señor es un proceso largo, intenso y extenso. Requiere trato asiduo, conversación permanente, apertura de corazón, confidencia transparente, escucha atenta, serenidad de ánimo. Hay que cuidar mucho los detalles, la gratitud, la correspondencia, la alegría, la esperanza.

El amor del Señor es precedente y providente. Se trata de un amor previo e incondicionado. No depende de las características ni de los méritos de la persona que lo recibe. Cuando una persona se siente amada por el Señor, se convierte en manantial de amor. Del amor brotan la paz, la paciencia, la afabilidad, la bondad, la lealtad, la sencillez, la humildad, el equilibrio. El amor ahuyenta al temor: “No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor” (1 Jn 4,18).

La Sagrada Escritura nos presenta un proyecto de vida: “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4,9). Por eso, es preciso reconocer: “Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. Quien tiene al Hijo tiene la vida, quien no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Jn 5,11-12).


Recibid mi cordial saludo y mi bendición.


 

+ D. Julián Ruiz Martorell, obispo de Huesca y de Jaca

 

7 de abril de 2019

 

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