Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Julián Ruiz Martorell

El corazón rebosante

 

 

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Queridos hermanos en el Señor:

Os deseo gracia y paz.

¿Cómo comunicar a las demás personas la propia experiencia de fe? ¿Cómo llegar a quienes no han oído hablar de Jesucristo? ¿Cómo anunciar el Evangelio a quienes no han tenido oportunidad de escucharlo? ¿Cómo transmitir la Buena Noticia a quienes se muestran indiferentes o poco receptivos?

Hay muchos padres que desearían entregar a sus hijos el mayor tesoro: su encuentro con Jesucristo. Hay familias en las que la convivencia es serena, el diálogo es fluido, pero no hay posibilidad de hablar de la fe en el Señor. Es un tema que no inquieta. A veces, aburre; otras, molesta. Se han destruido muchos puentes desde la infancia, y parece que ya no es posible la relación entre dos orillas que están demasiado distantes.

En muchos ambientes, la increencia es dominante. Parece estar de moda una actitud que lleva a no plantearse cuestiones profundas como el sentido de la vida, el valor de la fe o el significado de Jesucristo en la historia de la humanidad y en el aquí y ahora de cada persona.

“Vuelva usted mañana”, parecen decir quienes no desean oír hablar sobre determinados temas. “Mañana le abriremos”, parecen responder. Y responden lo mismo al día siguiente.

Miremos a nuestro alrededor. Cada día el firmamento anuncia un mensaje. El orden y la belleza de la creación remiten al Creador. El Salmo 136 (135 en la liturgia) nos invita a dar gracias al Señor porque es eterna su misericordia. Y nos recuerda que el Señor hizo grandes maravillas. Dios hizo sabiamente los cielos y afianzó sobre las aguas la tierra. Hizo el sol para regir el día; la luna y las estrellas para regir la noche. Y Dios hizo salir al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto. De este modo, la creación y la historia son los dos escenarios en los que se puede contemplar la acción divina.

Benedicto XVI decía que Dios no aparece en la Sagrada Escritura como un Señor impasible e implacable, ni un ser oscuro e indescifrable. El primer signo visible del amor de Dios lo encontramos en la creación. En ella hay un mensaje divino grabado secretamente. Todas las cosas creadas remiten a Dios como su fin, porque tienen en Dios su origen. De las obras creadas llegamos a la grandeza de Dios. Y es preciso tener los ojos abiertos para contemplar esta manifestación divina.

Solamente un corazón rebosante puede hacer que la vida se convierta en testimonio. Solamente quien tiene el corazón encendido puede iluminar a los demás, no con un destello fugaz, sino con una luz que es participación en la luz de Dios.

Y sobrarán las palabras. No será necesario despegar los labios. No habrá que recurrir a discursos elocuentes. No será preciso convencer con argumentos contundentes. La propia vida será un canto de alabanza al Creador. Será una participación en la sinfonía que interpretan el sol, la luna, las estrellas, las montañas y los valles, los mares y los ríos, las aves y los ganados, el frío y el calor, las nubes, el granizo y la escarcha, la nieve y el susurro de la brisa suave.

De un corazón rebosante brota una vida elocuente. Una vida que habla sin articular sonidos. Una vida saboreada, muy diferente de una existencia insípida, anodina y aburrida. Y cuando el Señor abre los labios del ser humano, brota la alabanza. La boca humana proclama las maravillas que Dios realiza cada día. La propia vida se manifiesta como historia de salvación. El Señor interviene, actúa, está presente y cercano. Y se puede afirmar con sinceridad: “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres” (Sal 126[125],3).


Recibid mi cordial saludo y mi bendición.


 

+ D. Julián Ruiz Martorell, obispo de Huesca y de Jaca

 

31 de marzo de 2019

 

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