Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Julián Ruiz Martorell

El Seminario, misión de todos

 

 

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Queridos hermanos en el Señor:

Os deseo gracia y paz.

En las fechas clave del 17 y 19 de marzo hemos celebrado el Día del Seminario. Y nos sentimos colaboradores de una campaña que se prolonga a lo largo de todo el ciclo anual, porque el Seminario es misión de todos.

El Seminario es un espacio de convivencia y un tiempo de preparación. Es una familia que acompaña, que contribuye al discernimiento vocacional, que anima en el proceso de seguimiento más intenso de Jesucristo, que favorece el crecimiento espiritual, humano, intelectual y pastoral en un ambiente comunitario.

El Seminario es una experiencia que fortalece la fe, que robustece la esperanza y que incrementa el amor en la capacidad de entregar la vida como respuesta agradecida al amor precedente de Dios. Una vida que, desde Jesucristo, y con la fuerza del Espíritu Santo, se convierte en alabanza al Padre y servicio generoso a los hermanos para la instauración del Reino de Dios, la comunicación viva del Evangelio y el crecimiento de la Iglesia.

En el Seminario viven, oran, estudian y trabajan los jóvenes que ya son el presente de la Iglesia. A ellos les corresponde crecer en su amor a Jesucristo. Pero no se encuentran solos en su itinerario vocacional. Sacerdotes, personas consagradas y seglares les acompañan, orientan, aconsejan, animan y sostienen.

Los jóvenes que se preparan para el sacerdocio necesitan cercanía, oración y ayuda.

1) Cercanía, porque no es posible caminar solos en un ambiente que envuelve y absorbe. La sociedad en la que vivimos se caracteriza por los criterios fluctuantes, las opiniones poco fundamentadas, el oscurecimiento de la verdad, el relativismo. Hay personas que piensan que la vida no tiene sentido. Hay quienes no saben distinguir entre vivir y malvivir. Hay quienes no saben convivir. En medio de un océano de propuestas dispares, los seminaristas necesitan personas de referencia, personas cercanas que les hablen con el testimonio de la vida, más que con elaborados discursos.

2) Oración, porque los seminaristas deben orientar la mirada de sus corazones hacia el Señor y disfrutar estando a solas con Jesucristo, que ama a cada uno con su propia biografía. El crecimiento en la vida de oración, personal y comunitaria, solamente es posible cuando se apoya en una comunidad diocesana orante. La oración litúrgica de toda la Diócesis, y la participación, por parte de los seminaristas, en la liturgia eclesial contribuyen a crear una atmósfera de plegaria intensa, profunda, sincera.

3) Ayuda en todas las dimensiones. Ayuda económica, de amistad cordial. Apoyo personal a través de la escucha y el consejo. Colaboración que se hace palabra dirigida hacia el interior y respuesta agradecida desde lo hondo. Corresponsabilidad, porque cada vocación es un milagro que requiere mucha atención, mucho cuidado y gran aprecio. Nadie queda exento de ayudar. Hay diversidad de formas y gran variedad de iniciativas. Con frecuencia, la ayuda más apreciada es la que tiene menos brillo y apariencia. Porque, lo mismo que sucede con el cuidado de una planta, se necesita tiempo y paciencia, riego adecuado, temperatura propicia, luz suficiente, aireación proporcionada y mucha esperanza.

Agradecemos el testimonio de los seminaristas por su dedicación y entrega. Valoramos y reconocemos el trabajo de los formadores. Y, como obreros de la mies, rogamos al Dueño de la mies que envíe santos y fecundos trabajadores que respondan con alegría a la llamada vocacional.


Recibid mi cordial saludo y mi bendición.


 

+ D. Julián Ruiz Martorell, obispo de Huesca y de Jaca

 

24 de marzo de 2019

 

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