Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Julián Ruiz Martorell

"Padre nuestro. La vida consagrada, presencia del amor de Dios"

 

 

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Queridos hermanos en el Señor:

Os deseo gracia y paz.

San Juan Pablo II instituyó en 1997 la “Jornada Mundial de la Vida Consagrada”, que se celebra cada año el 2 de febrero, en la fiesta de la Presentación del Señor, cuarenta días después de Navidad.

Según indicaba el Santo Padre, la finalidad de la Jornada es triple:

1) “Alabar más solemnemente al Señor y darle gracias por el gran don de la vida consagrada que enriquece y alegra a la comunidad cristiana con la multiplicidad de sus carismas y con los edificantes frutos de tantas vidas consagradas totalmente a la causa del Reino”.

2) “Promover en todo el pueblo de Dios el conocimiento y la estima de la vida consagrada”.

3) Invitar a las personas consagradas “a celebrar juntas y solemnemente las maravillas que el Señor ha realizado en ellas, para descubrir con más límpida mirada de fe los rayos de la divina belleza derramados por el Espíritu en su género de vida y para hacer más viva la conciencia de su insustituible misión en la Iglesia y en el mundo”.

Las personas consagradas son un regalo de Dios para nuestra Diócesis. Su forma de ser, su manera de vivir, el carácter generoso de su entrega, el fervor de su plegaria, la dinámica evangelizadora de su trabajo, el impulso misionero de su actividad, la cálida y fraterna disponibilidad para asumir responsabilidades, merecen nuestra continua gratitud.

El lema de la Jornada de este año es: “Padre nuestro. La vida consagrada, presencia del amor de Dios”. Las personas consagradas son testimonio vivo de que Dios está presente en cualquier lugar y en todas las épocas. A través de la vida y de la misión de las personas consagradas, el Señor llega hasta los confines de la tierra y penetra en todos los corazones. El amor de Dios se muestra palpable, vivo, reconocible y manifiesto. Es un amor que ilumina, que acompaña, que transforma, que ilusiona, que compromete. Es un amor que vence la oscuridad e infunde calor de vida.

No hay ningún lugar ajeno al amor de Dios. No hay ningún espacio donde no resuene su mensaje de amor. No hay ninguna circunstancia que no necesite la iluminación de su presencia. No hay ninguna persona que no desee la plenitud que solamente el Señor puede conceder. No hay nadie que no busque, aunque sea a tientas, el amor que tiene en el Señor su origen, su fuente y su razón de ser.

Las personas consagradas dan testimonio de que Dios es Padre y que, por consiguiente, podemos tener con Él una relación de confianza filial. Somos sus hijos. Pero no somos hijos únicos. A nuestro lado hay muchos hermanos. Reconocer a Dios como Padre ilumina la mirada de nuestro corazón para descubrir a todos los hermanos. Somos hijos y hermanos, y esto se expresa solemnemente cuando rezamos diciendo: “Padre nuestro”.

Damos gracias al Señor por todas las personas consagradas que, desde distintas vocaciones y formas de servicio, son presencia elocuente del amor de Dios entre nosotros.

La fiesta de la Presentación del Señor es un misterio sencillo y solemne en el que la Iglesia celebra a Cristo, el consagrado del Padre, primogénito de la nueva humanidad. Las personas consagradas expresan cada día en sus vidas la novedad del Evangelio. Por todo ello: ¡muchas gracias!


Recibid mi cordial saludo y mi bendición.


 

+ D. Julián Ruiz Martorell, obispo de Huesca y de Jaca

 

3 de febrero de 2019

 

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