Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Julián Ruiz Martorell

El sentido y la finalidad de la vida

 

 

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Queridos hermanos en el Señor:

Os deseo gracia y paz.

El mes de noviembre comienza con la solemnidad de Todos los Santos, un destello de vida, de luz y de gracia.

La vida es el primer regalo que recibimos de Dios. La vida tiene un valor: es un don, una gracia, un obsequio. Ni hemos nacido por nuestra voluntad, ni hemos decidido por nuestra cuenta dónde o cuándo nacer, ni en qué familia, ni en qué circunstancias. Nos ha traído a la vida un amor precedente, un amor eterno y envolvente.

La vida tiene un sentido y una finalidad. El sentido viene marcado por la atmósfera de amor que nos rodea. Vivir no es sobrevivir, ni malvivir, ni dejarse llevar por los acontecimientos. Vivir no es navegar por un río de caudalosas aguas en medio de zozobras y penalidades. Vivir es participar de un aliento que no es nuestro. Vivimos mientras respiramos. Vivimos porque respiramos. Pero la respiración no es un proceso meramente fisiológico. La respiración es un mecanismo complejo, un prodigio de la naturaleza, que supone una iniciativa divina y un equilibrio en toda la creación. Según el relato bíblico, el ser humano se convierte en ser viviente cuando recibe el aliento de Dios Creador: “el Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo” (Gn 2,7).

La finalidad de la vida queda definitiva por la meta que nos atrae, nos orienta y nos conduce. Hemos nacido para ser perfectos en el amor. Estamos llamados a la santidad. Ser santos constituye nuestra vocación más real.

El santo es el que refleja la luz de Dios, el que comunica el amor de Dios, la persona que transparenta la incandescencia y la luminosidad de Dios.

El Concilio Vaticano II subrayó: “Todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados, cada uno por su propio camino, a la perfección de la santidad, cuyo modelo es el mismo Padre” (Lumen Gentium, 11).El Papa Francisco escribe al inicio de su Exhortación apostólica Gaudete et Exsultate sobre la llamada a la santidad en el mundo actual: “El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados. Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada. En realidad, desde las primeras páginas de la Biblia está presente, de diversas maneras, la llamada a la santidad. Así se lo proponía el Señor a Abraham: "Camina en mi presencia y sé perfecto" (Gn 17,1)” (Gaudete et Exsultate, 1).

El Santo Padre afirma: “Un santo no es alguien raro, lejano, que se vuelve insoportable por su vanidad, su negatividad y sus resentimientos” (Gaudete et Exsultate, 93).

El Evangelio nos ofrece una vida diferente, más sana, más plena, más feliz. San Pablo VI destacaba en su Exhortación apostólica Gaudete in Domino que es necesario “un esfuerzo paciente para aprender a gustar simplemente las múltiples alegrías humanas que el Creador pone en nuestro camino: la alegría exultante de la existencia y de la vida; la alegría del amor honesto y santificado; la alegría tranquilizadora de la naturaleza y del silencio; la alegría a veces austera del trabajo esmerado; la alegría y la satisfacción del deber cumplido; la alegría transparente de la pureza, del servicio, del saber compartir; la alegría exigente del sacrificio. (...) La alegría cristiana supone un hombre capaz de alegrías naturales” (Gaudete in Domino, 12).



Recibid mi cordial saludo y mi bendición.


 

+ D. Julián Ruiz Martorell, obispo de Huesca y de Jaca

 

4 de noviembre de 2018

 

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