Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Julián Ruiz Martorell

Homilía de la celebración del Envío 2017, "Témporas de acción de gracias y de petición"

 

 

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Sed bienvenidos a esta celebración: sacerdotes, religiosos y religiosas, catequistas, profesores de religión, profesores católicos, miembros de las delegaciones diocesanas, voluntarios del Museo Diocesano, del Archivo Catedralicio y del Archivo Diocesano, voluntarios y trabajadores de Cáritas, de Manos Unidas, de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, de las Conferencias de San Vicente de Paúl, de Cruz Blanca, miembros de cofradías, hermandades, asociaciones, movimientos, integrantes de coros y agrupaciones musicales, miembros de los equipos de limpieza, animadores de los clubes de tiempo libre, visitadores de enfermos, agentes de pastoral de la salud, y demás agentes de pastoral.

0) Según el Misal, las Témporas “son días de acción de gracias y de petición que la comunidad cristiana ofrece a Dios, terminadas las vacaciones y la recolección de las cosechas, al reemprender la actividad habitual”. La celebración ha sido fijada en España para el día 5 de octubre, pues su localización en el calendario e incluso su duración dependen de las Conferencias Episcopales de cada país.

Las Témporas, y con ellas las Rogativas, son una antiquísima institución litúrgica ligada a las cuatro estaciones del año. Su finalidad consistía en reunir a la comunidad, para que, mediante el ayuno y la oración, se diese gracias a Dios por los frutos de la tierra y se invocase su bendición sobre el trabajo de los hombres. Las Témporas nacieron en Roma y se difundieron con la liturgia romana, al mismo tiempo que sus libros litúrgicos. Al principio tuvieron lugar en las estaciones del otoño, invierno y verano; en los meses de septiembre, diciembre y junio. Pero muy pronto debió de añadirse la celebración correspondiente a la primavera, en plena Cuaresma. Por algunos sermones de San León Magno se conoce el significado de estas jornadas penitenciales, que comprendían la eucaristía, además del ayuno, los miércoles y los viernes de la semana en que tenían lugar. El sábado había una vigilia, que terminaba con la eucaristía bien entrada la noche.

Es evidente la relación de las Témporas con la vida agraria. En el fondo, son un acercamiento mutuo de la liturgia y la vida humana, en el afán de encontrar en Dios la fuente de todo don y la santificación de la tarea de los hombres.

Hoy esta celebración litúrgica ya no tiene por qué ser agraria únicamente, sino que puede ser muy bien urbana y cercana a nuestras preocupaciones. Lo importante es que en un día, o en tres, según la duración elegida, se viva y se celebre la obra que Dios realiza en el hombre y con la ayuda del hombre; con un espíritu de fe y de acción de gracias propios del creyente.
Las Témporas tienen tres dimensiones: acción de gracias, petición y penitencia.

1) Hemos vivido la dimensión penitencial cuando esta mañana, en las Laudes, hemos rezado con los salmos del viernes de la primera semana.
San Pablo, en la segunda lectura destaca que Dios ha reconciliado todas las cosas consigo en Jesucristo. Nuestro trabajo, nuestras fatigas, deseos y esperanzas, no han de ser mundanos. Es preciso que toda nuestra actividad sea acorde con el designio de Dios. Eso es posible porque Jesucristo se une a nosotros y nos reconcilia con Dios. De esa manera podemos enfrentarnos al quehacer diario sabiendo que Él permanece a nuestro lado.
San Pablo afirma: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”. No debemos cansarnos de pedir perdón, especialmente en este Año de la Misericordia, sabiendo que el Señor es paciente y misericordioso.

2) En la primera lectura se destaca la acción de gracias. Habló Moisés al pueblo, diciendo: “Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra buena (…)” y describe su bondad y riqueza. Añade: “y bendecirás al Señor, tu Dios, por la tierra buena que te ha dado”. Advierte: “Pero cuidado, no te olvides del Señor, tu Dios”. Existe un serio peligro que describe con estas palabras: “No sea que, (…), te vuelvas engreído y te olvides del Señor, tu Dios”. Y repite: “Y no digas: "Por mi fuerza y el poder de mi brazo me he creado estas riquezas"”. La conclusión es clara: “Acuérdate del Señor, tu Dios: que es él quien te da la fuerza para crearte estas riquezas”.

Esta celebración nos lleva a tomar conciencia de que vivimos en un mundo creado por Dios. Estamos tan acostumbrados a él y a todas las maravillas que contiene que lo olvidamos a menudo. También nos ayuda a ser conscientes de que con nuestras fuerzas podemos poco. El espejismo de nuestros logros no debe hacernos perder de vista nuestra limitación.

Al mismo tiempo, como insiste el Papa Francisco con especial vehemencia, hemos de procurar cuidar el mundo que Dios nos regala. Tenemos un encargo sobre la creación. Es un don, pero conlleva también una tarea. Hay una conciencia ecológica que proviene de ser cuidadosos con lo que Dios nos ha dado. Tratarlo con delicadeza, utilizándolo de manera responsable, y abiertos a las necesidades de todos los hombres. Escribe el Papa en la encíclica “Laudato si`”: “las criaturas de este mundo ya no se nos presentan como una realidad meramente natural, porque el Resucitado las envuelve misteriosamente y las orienta a su destino de plenitud. Las mismas flores del campo y las aves que él contempló admirado con sus ojos humanos ahora están llenas de su presencia luminosa” (LS 100).

3) El Evangelio destaca la petición. Jesús nos insiste en que debemos pedir: “Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá”. Cuando experimentamos que ya no llegamos más lejos; que estamos exhaustos; que somos incapaces de hacer las cosas mejor… nada está acabado. Podemos acudir a Dios. Esto es verdad respecto de nuestras necesidades materiales, pero también de las espirituales. En la oración, cuando ya nadie nos escucha sabemos que hay Alguien que sí lo hace: Dios. Y la oración es eficaz. Lo sabemos por experiencia.

4) Con esta celebración os enviamos oficialmente en un nuevo año pastoral. Un curso plagado de novedades que comenzamos enviados en la fe por Jesucristo, enviados con esperanza con la fuerza del Espíritu Santo, enviados por amor al servicio del Pueblo de Dios Padre.

            1. Enviados en la fe por Jesucristo. Es Jesucristo quien os envía, como discípulos misioneros. Sois enviados en el nombre de Jesucristo, llevando al Señor en vuestros corazones y en vuestros labios, como testigos de la alegría del Evangelio. Nos ha dicho san Pablo en la segunda lectura: “Si alguno está en Cristo es una criatura nueva”. Así debéis caminar, como personas nuevas, renovadas y renovadoras. Es Jesucristo quien os envía. Él es el agente principal de vuestra vida y de vuestra misión. Es Él quien os ama, quien os llama, quien os convoca y quien os envía. Es Él quien impulsa y sostiene vuestras actividades, es Él quien orienta vuestro trabajo, es Él quien os sostiene para no desanimaros y es Él quien os capacita para ser sus testigos en esta etapa peculiar de la historia.

            2. Enviados con esperanza con la fuerza del Espíritu Santo. Sois evangelizadores con Espíritu. El Espíritu es quien abre vuestros ojos para ver la misión como una tarea apasionante. Él extiende vuestros brazos para trabajar con ilusión. Él pone en marcha vuestros pies. Él os da la certeza de que vuestra plegaria será escuchada, como hemos proclamado en el evangelio: “porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre”.

            3. Enviados por amor al servicio del Pueblo de Dios Padre. Sois hijos de Dios y el libro del Deuteronomio nos exhorta: “bendecirás al Señor, tu Dios”; “Guárdate de olvidar al Señor”; “No sea que, (…) se engría tu corazón y olvides al Señor, tu Dios”. Proclamamos con nuestra vida: “Tú eres Señor del universo. Bendito eres, Señor, Dios de nuestro padre Israel, por los siglos de los siglos”. Le glorificamos con el salmo responsorial diciendo: “Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder, la gloria, el esplendor, la majestad porque tuyo es cuanto hay en el cielo y tierra. Tú eres rey y soberano de todo de ti viene la riqueza y la gloria”.

Que la Virgen María nos ayude a contemplar el mundo como creado por Dios; a tener conciencia de nuestra condición de creaturas y a vivir todos los acontecimientos como hijos de Dios. Pidamos perdón por nuestras faltas, agradezcamos cuanto hemos recibido y no dejemos de acudir al Señor para que su gracia haga buenas nuestras obras.

Deut 8,7-18: Moisés habló al pueblo, diciendo: “Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra buena, tierra de torrentes, de fuentes y veneros que manan en el monte y la llanura, tierra de trigo y cebada, de viñas, higueras y granados, tierra de olivares y de miel, tierra en que no comerás tasado el pan, en que no carecerás de nada, tierra que lleva hierro en sus rocas y de cuyos montes sacarás cobre, entonces comerás hasta saciarte y bendecirás al Señor, tu Dios, por la tierra buena que te ha dado. Guárdate de olvidar al Señor, tu Dios, no observando sus preceptos, sus mandatos y sus decretos que yo te mando hoy. No sea que, cuando comas hasta saciarte, cuando edifiques casas hermosas y las habites, cuando críen tus reses y ovejas, aumenten tu plata y tu oro, y abundes en todo, se engría tu corazón y olvides al Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con serpientes abrasadoras y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con su maná que no conocían tus padres, para afligirte y probarte, y para hacerte el bien al final. Y no pienses: “Por mi fuerza y el poder de mi brazo me he creado estas riquezas”. Acuérdate del Señor, tu Dios: que es el quien te da la fuerza para adquirir esa riqueza, a fin de mantener la alianza que juró a tus padres, como lo hace hoy”.

Sal 1 Cron 29,10bc.11abc.11d-12a.12bcd R. Tú eres Señor del universo. Bendito eres, Señor, Dios de nuestro padre Israel, por los siglos de los siglos. R. Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder, la gloria, el esplendor, la majestad porque tuyo es cuanto hay en el cielo y tierra. R. Tú eres rey y soberano de todo de ti viene la riqueza y la gloria. R. Tú eres Señor del universo, en tu mano está el poder y la fuerza, tú engrandeces y confortas a todos.

2 Cor 5, 17-21: Hermanos: Si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo. Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encargó el ministerio de la reconciliación. Porque Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirles cuenta de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él.

Mt 7,7-11: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre. Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!”.



 

+ D. Julián Ruiz Martorell, obispo de Huesca

 

5 de octubre de 2017

 

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