Vaticano Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Julián Ruiz Martorell

Homilía en la ordenación diaconal de Óscar Alejandro Carreño Amarillo

 

 

La celebración de La Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, cierra el Año Litúrgico en el que se ha meditado sobre todo el misterio de su vida, su predicación y el anuncio del Reino de Dios.A lo largo del ciclo anual de la liturgia de la Iglesia se expresa en el tiempo la Pascua de Jesucristo, el Paso del Señor por la Historia humana, contemplado, actualizado y celebrado a lo largo de un año.

El Santo Padre, al reflexionar sobre la petición “venga a nosotros tu reino” del Padrenuestro, nos dice en su libro “Jesús de Nazaret” (pp. 180-182): “Con esta petición reconocemos, en primer lugar, la primacía de Dios: donde Él no está, nada puede ser bueno. Donde no se ve a Dios, el hombre decae y decae también el mundo. En este sentido, el Señor nos dice: "Buscad ante todo el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura" (Mt 6, 33). Con estas palabras se establece un orden de prioridades para el obrar humano, para nuestra actitud en la vida diaria”.

“En modo alguno se nos promete un mundo utópico en el caso de que seamos devotos y de algún modo deseosos del Reino de Dios. No se nos presenta automáticamente un mundo que funciona (…). Jesús no nos da recetas tan simples, pero establece -como se ha dicho- una prioridad determinante para todo: "Reino de Dios" quiere decir "soberanía de Dios", y eso significa asumir su voluntad como criterio”.

“...Con la petición ´venga tu reino` (¡no el nuestro!), el Señor nos quiere llevar precisamente a este modo de orar y de establecerlas prioridades de nuestro obrar. Lo primero y esencial es un corazón dócil, para que sea Dios quien reine y no nosotros. El Reino de Dios llega a través del corazón que escucha. Ese es su camino. Y por eso nosotros hemos de rezar siempre”.

“A partir del encuentro con Cristo, esta petición asume un valor aún más profundo, se hace aún más concreta. Hemos visto que Jesús es el Reino de Dios en persona; donde Él está, está el "Reino de Dios"”.

Al meditar el Evangelio de hoy acude a nuestra memoria el recuerdo de aquellos cuentos en los que un rey se disfraza para recorrer de incógnito su país y conocer así, de verdad, la condición y actitud de sus súbditos. Ese rey escondido quiere probar la verdad del amor y fidelidad de los ciudadanos. Jesucristo, que ya conoce nuestro interior, se nos acerca a través de los indigentes no para probarnos sino para darnos la oportunidad de servirle. Él mismo nos advierte de su presencia en los más necesitados. El relato de hoy lo repite hasta cuatro veces. Lo hace al recibir a los benditos y al despedir a los que no merecen misericordia. Y dos veces más al responder a las respectivas preguntas tanto de los que han obrado bien como de los que lo han hecho mal.

Hay dos aspectos en la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo. El primero es que verdaderamente Jesucristo es Rey. Y es su voluntad que su realeza sea reconocida. Eso significa que nuestro mayor deseo ha de ser servirle a Él y trabajar por su reinado. Cuánto más se reconózca la soberanía de Jesucristo, mejor será la vida de los hombres. Porque en Jesús se ilumina de forma definitiva el misterio del hombre. Por eso, en la segunda lectura de hoy dice que Cristo tiene que reinar.

El segundo tema es que el Reino de Cristo no es al modo de los reinos de este mundo. La divisa “servir es reinar”, tal como muestra la parábola del Evangelio de hoy, es el lema de todo cristiano. De ahí que la colaboración para que venga el Reino de Cristo se realiza en nosotros mediante el ejercicio de la caridad en todas sus vertientes. El Evangelio de hoy hace referencia a las obras de misericordia: “tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”.

Jesús nos llama con voz dulce a su lado para trabajar por su Reino que, como dice el prefacio de la Misa de hoy es: “el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz”. No hay nada más grande a lo que valga la pena consagrar toda la vida.

Cristo Rey anuncia la Verdad y esa Verdad es la luz que ilumina el camino amoroso que Él ha trazado, con su vida, hacia el Reino de Dios. Esta fiesta celebra a Cristo como el Rey bondadoso y sencillo que, como pastor, guía a su Iglesia peregrina hacia el Reino Celestial y le otorga la comunión con este Reino para que pueda transformar el mundo en el cual peregrina.

Así Jesucristo es el Rey y el Pastor del Reino de Dios, que sacándonos de las tinieblas, nos guía y cuida en nuestro camino hacia la comunión plena con Dios Amor.

 

Querido Óscar: hoy das un paso decisivo hacia el sacerdocio. No serás diácono permanente, pero has de ser permanentemente diácono, es decir, servidor. Has de hacer tuyas las actitudes del buen pastor descritas en la primera lectura: “Como sigue el pastor el rastro de su rebaño, cuando las ovejas se le dispersan, así seguiré yo el rastro de mis ovejas y las libraré, sacándolas de todos los lugares por donde se desperdigaron un día de oscuridad y nubarrones. Yo mismo apacentaré mis ovejas, yo mismo las haré sestear. Buscaré las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas; vendaré a las heridas; curaré a las enfermas: a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré como es debido”.

Un buen pastor que hace recostar a las ovejas “en verdes praderas”; que las “conduce hacia fuentes tranquilas”; que repara sus fuerzas; que las guía “por el sendero justo”; que “prepara una mesa”. Serás servidor de la mesa, estrecho colaborador del obispo, proclamarás el evangelio, la Buena Noticia que renueva el mundo.

En los Praenotanda de la “Ordenación de Diáconos” leemos: “Es oficio propio del diácono (...) administrar solemnemente el Bautismo, reservar y distribuir la Eucaristía, asistir al Matrimonio y bendecirlo en nombre de la Iglesia, llevar el Viático a los moribundos, leerla sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y la oración de los fieles, administrar los sacramentales, presidir el rito de los funerales y de la sepultura. Dedicados a los oficios de la caridad y de la administración, recuerden los diáconos el aviso del bienaventurado Policarpo: "Compasivos, diligentes, actuando según la verdad del Señor, que se hizo servidor de todos"”.

 

Después de la homilía prometerás:

1) Que quieres “consagrarte al servicio de la Iglesia, por la imposición de mis manos y la gracia del Espíritu Santo”.

2) Que quieres “desempeñar, con humildad y amor, el ministerio de diácono, como colaborador del Orden sacerdotal y en bien del pueblo cristiano”.

3) Que quieres “vivir el misterio de la fe con alma limpia, (…) y de palabra y obra proclamar esta fe, según el Evangelio y la tradición de la Iglesia”.

4) Que quieres, “como signo de tu consagración a Cristo, observar durante toda la vida el celibato por causa del Reino de los cielos y para servicio de Dios y de los hombres”.

5) Que quieres “conservar y acrecentar el espíritu de oración, tal como corresponde a tugénero de vida y, fiel a este espíritu, celebrar la Liturgia de las Horas, según tu condición, junto con el pueblo de Dios y en beneficio suyo y de todo el mundo”.

6) Que quieres “imitar siempre en tu vida el ejemplo de Cristo, cuyo Cuerpo y Sangre servirás con tus manos”.

7) Finalmente, prometerás “respeto y obediencia a mí y a mis sucesores”.

 

En la Plegaria de Ordenación pediremos por ti: “Envía sobre él, Señor, el Espíritu Santo, para que fortalecido con tu gracia de los siete dones desempeñe con fidelidad el ministerio”.

“Que resplandezca en él un estilo de vida evangélico, un amor sincero, solicitud por pobres y enfermos, una autoridad discreta, una pureza sin tacha y una observancia de sus obligaciones espirituales”.

“Que tus mandamientos, Señor, se vean reflejados en sus costumbres, y que el ejemplo de su vida suscite la imitación del pueblo santo; que, manifestando el testimonio de su buena conciencia, persevere firme y constante con Cristo, de forma que, imitando en la tierra a tu Hijo que no vino a ser servido sino a servir, merezca reinar con él en el cielo”.

 

Muchas felicidades, querido hijo. Rezamos hoy especialmente por tu familia, que te acompaña en la oración. Agradecemos la colaboración del Seminario, de su Rector, de los formadores y profesores. Animo a tus compañeros seminaristas para que trabajen con ilusión y respondan con gozo a la llamada del Señor. Animo también a todos aquellos que están recibiendo una invitación del Señor a una vida de especial seguimiento en el sacerdocio.

 

 

 

+ Julián Ruiz Martorell,

Obispo de Huesca y de Jaca

 

20 de noviembre de 2011

 

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