Vaticano Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Jesús Sanz Montes

 

Homilía: Ordenación diaconal de
Wilson Ascensio Callejas

 

Queridos Sr.Vicario General, Sr. Párroco de esta comunidad cristiana de Santiago Apóstol, Sr. Rector del Seminario, Hermanos sacerdotes concelebrantes, diáconos, miembros de vida consagrada, seminaristas, fieles cristianos laicos: paz y bien en el Señor.

Hoy nos acoge la parroquia de Santiago como anfitriona de una celebración festiva de toda la Diócesis de Hueca. En su último tramo de formación sacerdotal, el seminarista Wilson Ascensio Calleja ha estado trabajando aquí pastoralmente. El párroco, los demás sacerdotes y todos los que componen esta comunidad cristiana, abren las puertas de esta parroquia para que en ella podamos celebrar la ordenación diaconal de este seminarista.

Tu ordenación de diácono, querido Wilson, se celebra en el último domingo del tiempo litúrgico del Adviento, tiempo en el que Dios nos ha vuelto a poner ante los ojos las viejas promesas que un día llenasen de esperanza a aquel pueblo tan necesitado de ella. En estas semanas la Iglesia nos ha ido presentando diferentes evangelios que nos han permitido seguir los hitos de tres grandes testigos de la espera del Señor: Isaías, Juan el Bautista y María. Es el mensaje de la Virgen lo que en este último domingo se nos ofrece, y esto nos enmarca la ordenación de nuestro hermano.

Acabamos de escuchar el relato de la Anunciación. ¡Cuántos artistas han usado sus pinceles, sus cinceles, sus plumas y sus pentagramas, para contarnos en pinturas, en esculturas, en literatura o en música esa escena crucial de la historia de la humanidad! Hay tres trazos en el lienzo de la Anunciación que nos pueden ayudar también a nosotros a comprender la obra de arte de nuestra propia vida cuando dejamos que la pinte y la inmortalice el talento de Dios.

En primer lugar, se le dice a María: alégrate. Podría parecer una provocación invitar a la alegría cuando había y hay tantos motivos para el pesar. Casi parecería una irresponsabilidad frívola decir a alguien de modo imperativo: "¡alégrate"!, cuando arrecian tantos problemas de tan diversa índole que nos arrugan, nos asustan, nos hacen tristes y fugitivos. Sin embargo, María recibe esta invitación sin ironía ni frivolidad por parte del mensajero del Señor, el arcángel San Gabriel. Es una alegría que no se fundamenta en el fugaz contento, ni en la ausencia de dificultades, sino que se fundamenta en la certeza de una compañía: Dios que se conmueve con nuestra vida, que sabe gozarse en nuestros gozos y en nuestras penas sabe musitar elegías. Pero esa alegría tiene el sabor de una buena noticia, infinitamente más grande que nuestro llanto o nuestra sonrisa. Esta alegría recibe la Virgen como primer anuncio.

En segundo lugar se le dice: no temas. Tengo la impresión que hay muchos creyentes que tienen un secreto miedo a Dios, como si lo que Él nos fuese indicando fuera algo inevitable pero indeseado. No temer a Dios, porque cuanto de tantos modos Él nos propone es a nuestro favor, para nuestro bien, lo más correspondiente con nuestro corazón.

Finalmente se le dice a la Virgen: mira a tu prima Isabel. El ángel no está proponiendo a María una definición o un teorema, sino una historia reconocible. Reconocer que la fidelidad de Dios se hace historia y se hace también geografía, en las personas y en los lugares en donde se nos ha narrado el amor de Dios. Deberíamos descubrir en nuestra vida a dónde mirar, a quiénes mirar, para que nuestros ojos no queden cegados por el sin sentido mezquino que nos imponen todos los excesos con que a veces nos hacemos daño. Mirar a Isabel significó en María, y significa en nosotros, descubrir que el Señor nos consuela y nos estimula haciéndonos ver de un modo plástico y realista, que cuanto nos propone no es una quimera irreal sino una historia verificable en personas significativas que el mismo Señor nos pone al lado como una dulce compañía en la aventura de vivir y de creer.

Estos tres trazos que he querido destacar de la escena de la Anunciación que en este domingo 4º de Adviento nos propone la Iglesia, bien pueden representar para ti, querido Wilson, tres grandes referencias para vivir tu diaconado: ser servidor de la alegría, de la confianza en Dios sin temor alguno, y ser testigo y anunciador de lo que por doquier Él nos señala.

Quedan atrás tantos momentos de tu itinerario humano y cristiano, tantos lugares que en tu tierra colombiana natal y en nuestra tierra diocesana has podido vivir. Una veces con dudas o incertidumbre, otras abandonándote con generosidad a los misteriosos vericuetos que providencialmente el Señor ha ido permitiendo y ofreciéndote acompañando así tu libertad. Pero llega el momento en el que libremente, debidamente ayudado por la gracia de Dios y por la solicitud de tus profesores, formadores y de tu Obispo, aceptas la llamada del Señor que la Iglesia reconoce como tal al recibirte en el orden de los diáconos.

Querido Wilson, como bien sabes un diácono está llamado a vivir la Palabra de Dios de una manera intensa y fecunda: que tus labios nos susurren los hablares del Señor. Eres desde hoy el portavoz de una Palabra más grande que tú: cuéntanosla con exquisita fidelidad, cántanosla con toda su fecunda belleza. Dios te pide en préstamo la lengua que él mismo te dio, para que la pongas al servicio de sus Bienaventuranzas, para que pronuncies la Verdad del Señor que la Iglesia fielmente custodia y anuncia. Pero que tus labios nos digan lo que tu misma vida debe gritar, porque la vida no debe desdecir lo que tu boca nos cuenta. Para ello deberás escuchar –no sólo oír– cuanto de tantos modos el Señor te dirá en el corazón, en la Iglesia, en la trama de la historia y en la vida de los hombres. Para poder ser mensajero, debes ser oyente fiel del mensaje, hacerlo tuyo sin rutina y sin traición. Como luego escucharás en la liturgia de la ordenación, “convierte en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado”. María es un precioso ejemplo de esta actitud diaconal, y ella hizo espacio en su entraña y en su historia toda a la Palabra por antonomasia, hasta hacerla carne de su carne. De esa Palabra tú eres ya heraldo.

Pero el diácono también tiene una vinculación especial con la caridad como entrega a los demás, particularmente a los pobres de todas las pobrezas. Que en tu corazón tenga cabida lo que llenó de compasión el Corazón del Señor. No los pobres que tú elijas, sino los pobres que Dios te muestre y que Él te dé para que en ellos concretes un servicio amoroso, un servicio lleno de respeto y gratuidad. Porque además de los pobres clásicos de toda mendicidad, están otros pobres menos catalogables pero igualmente menesterosos del bien y la dignidad, de la gracia y de la felicidad. Que todos los pobres puedan hallar en tus labios, en tus manos y en tu corazón una palabra de esperanza, una ayuda puntual y una compasión sincera de acogida en la verdad. Son los pobres a los que la Iglesia te envíe: pobres de fe, de esperanza y de caridad. En esto, invocamos la intercesión del diácono oscense San Lorenzo, en cuyo año jubilar tú eres ordenado como él lo fue. Ama y sirve a la Iglesia como nuestro San Lorenzo la amó y sirvió. Y que los pobres, sean cuales sean su rostro y condición, puedan hallar en ti lo que encontraron en San Lorenzo como servidor de los hijos de Dios.

Digamos por último, que el diácono que da el paso que tú vas a dar esta tarde en vistas a recibir dentro de unos meses el sacramento del orden sacerdotal como presbítero, hace su promesa de celibato. Hoy tu vida se desposa con Jesucristo. Esto significa que entregas al Tú del Señor no sólo tu tiempo, tu ingenio y tu talento, sino que le entregas sobre todo tu corazón. Se establece una relación amorosa de pertenencia afectiva y de entrega efectiva a Jesucristo. Cuida tu corazón para que esta pertenencia libre y amorosa al Señor no se vea en ningún momento perturbada ni insidiada por rivales de cualquier índole. En un mundo tan erotizado, tan confuso en sus relaciones de amor, tan ambiguo en lo que significa la fidelidad, parece pretencioso que un joven como tú pueda decir SI y para siempre a una entrega del corazón. Sólo en la medida que le pertenezcas a Él, tus labios nos contarán y nos cantarán su Palabra sin rutina y sin traición, y sólo así tus manos repartirán con amor un amor que no humilla ni se aprovecha, una entrega al servicio de todos los pobres. Sé del Señor para que tu entrega de servicio, de diaconía, sea fecunda y feliz. Y que toda tu vida, por dentro y por fuera sea un testimonio claro y creíble de tu pertenencia a Jesucristo como diácono de la Iglesia.

Toda nuestra Diócesis, el presbiterio, el seminario, las personas consagradas, las familias, estamos de enhorabuena. Hoy la Palabra del Señor quiere hacerse carne de tu vida. Como la Virgen Santa en el primer Adviento de la historia, también tu sí hace posible una historia: la que Dios escribió para ti. Nos unimos con gratitud a tu familia de sangre y a cuantos en estos años han puesto su grano de arena para colaborar con el Señor en tu camino.

Queridos hermanos y hermanas, no dejemos de pedir por el seminario. No es una conquista pretenciosa, no es un blasón obsoleto ni un trofeo que puntúa. Es designio de Dios, deseo explícito de la Iglesia y nuestra más urgente necesidad diocesana. Bendito sea el Señor que nos bendice a través de estos once jóvenes que se forman en nuestro Seminario Diocesano de Huesca y Jaca. Cada uno desde donde está en la vida de la Iglesia, colabore con su oración, su disponibilidad, su afecto y su limosna en la formación de estos jóvenes seminaristas. De todo esto nos han de pedir cuentas. No dejemos de rezar por las vocaciones al sacerdocio. Como María creamos que lo imposible para nosotros, es posible para Dios que llama.

Sé así, querido Wilson, testigo de la alegría que suscita esperanza, testigo de la confianza ante un Dios que no es temible, y testigo de los indicadores que Él señala como fue Isabel para María, para reconocer la fidelidad del Señor y su dulce compañía.

El Señor os bendiga y os guarde.

 

+ Jesús Sanz Montes, ofm

Obispo de Huesca

 

Parroquia de Santiago Apóstol

21 diciembre 2008

 

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