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Cartas y homilías de Mons. Jesús Sanz Montes
Homilía en el funeral de D. Marino Benedet
Queridos hermanos sacerdotes, querida familia de D. Marino, seminaristas, religiosas, hermanos y hermanas en el Señor.
Estamos de nuevo aquí en nuestra Catedral de Huesca, y no con el motivo gozoso de hace diez días cuando era ordenado sacerdote uno de nuestros diáconos, sino por este deber de dar sepultura cristiana a un hermano sacerdote: D. Marino Benedé.
Las dificultades que recientemente le habían hecho mermar su salud, se hicieron más agudas a partir de las últimas semanas y entraron en una situación irreversible en estos días de atrás.
El Señor es el que lleva la agenda de nuestra vida, y sólo Él dispone cuando sabe de ese momento final de la existencia en el que nos visita la hermana muerte. No es algo que quizás siempre tenemos presente, y actuamos como si nosotros pudiésemos disponer sin problema de nuestros días dando por supuesto que las cosas, las encomiendas, las fatigas, los proyectos, las alegrías pudieran seguir sin más el curso de nuestro empeño, el de nuestro interés o de nuestra programación.
Ya vemos que no es así, y nuestra vida está en las manos de Dios, y a Él nos encomendamos cada mañana para recordarnos que en ellas estamos, mientras pedimos la gracia inmensa de saber vivir ante sus ojos, sin cerrar los nuestros a los hermanos.
D. Marino ha tenido una vida larga y damos gracias a Dios por toda ella. Que el Señor premie lo que en ese libro de la vida ha ido anotando con sus manos providentes. Si su infancia no fue fácil –tampoco para él– en aquellos años duros de entonces habiendo nacido en 1926, sí que supo vivir las cosas con los suyos de una manera digna y esperanzada. Y allí le llegó la llamada del Señor para ser sacerdote.
La formación en nuestro seminario diocesano concluyó con la ordenación sacerdotal de manos de D. Lino Rodrigo en 1951. Hijo de esta tierra, supo desenvolverse como misacantano en los valles de Ordesa teniendo como primer destino esos encantadores pueblos de Torla, Linás y Fragen, que en aquellos años no gozaban ni de las riquezas del turismo actual ni de las comodidades en las comunicaciones. Ser cura en aquellos años y en aquellos andurriales suponía una generosidad y entrega que hoy nos puede parecer lejana a los que hemos nacido en otra época y hemos venido después. Pero ahí está el precioso testimonio, también de D. Marino, de nuestros curas mayores que supieron acompañar a las buenas gentes que la Iglesia les confiaba, como mejor supieron y como mejor pudieron.
Casi toda su vida sacerdotal se ha desarrollado en Huerrios, Cuarte y Banariés, de cuyos pueblos hoy estáis aquí tantos de vosotros junto al pastor que fue. En los años de su mocedad como cura y en estos años de anciano sacerdote, D. Marino fue una persona sencilla, sin grandes hazañas espectaculares pero cercano a esas gentes a las que como ministro del Señor servía. Y será Dios, y sólo Dios, quien valore los límites y las posibilidades de nuestro hermano D. Marino, los momentos en los que pudo hacer más y en los que hizo lo debido. En este examen final de la vida, sólo Dios nos sabe juzgar. Pero sin duda alguna, la entrega de este siervo del Evangelio no será puesta con desdén sino con esa acostumbrada misericordia y dulzura que para todos esperamos del Señor.
El domingo pasado fue la última vez que estuve con D. Marino. Yo venía de los pueblos en Monegros y salía hacia Lourdes con la peregrinación de enfermos de la Diócesis de Jaca. Le dije que le rezaría a la Virgen por él, y simplemente asintió con sus ojos ya entreabiertos en su extrema gravedad. Y así lo hice. Sólo unas horas después me comunicaron el desenlace. Alguno de los sacerdotes me ha dicho que las últimas palabras que todavía se le podían escuchar en el tramo final de estas horas, eran unas sencillas avemarías. Realmente me ha conmovido.
Lo hacemos tantas veces al rezar el rosario, o el ángelus: “ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. No es una fórmula vacía, sino quizás la oración más sencilla y la plegaria más sentida, esa que cobra todo su significado en el momento en el que somos llamados por el Señor.
El grano de trigo que ha supuesto su vida sacerdotal, sembrado en el surco de su biografía, ha dado fruto, el que conoce sólo Dios y las personas a las que él ha servido.
Como siempre nos sucede, nos duele la partida de un hermano, pero la esperanza en la pascua resucitada de Cristo en la que el Señor venció su muerte y la nuestra, nos abre a la paz serena y luminosa de la promesa que se nos ha hecho.
La Madre buena, Santa María, escuchó la oración postrera de nuestro querido hermano D. Marino. También ella advertirá lo que un seminarista me decía hoy: parecía un cura gruñón, pero detrás tenía un gran corazón, un corazón de niño. Y así lo traté y lo conocí yo. Pedimos para D. Marino el eterno descanso que Dios reserva a sus hijos.
De todos era conocida su afición y talento para las cosas eléctricas. Cuando nosotros echemos chispas o se produzca algún cortocircuito en la convivencia, estoy seguro que allá en el cielo continuará ayudándonos y allí seguirá arreglando enchufes y tirando cables cada vez que se funda un rayo o haya que iluminar las nubes de algodón. Desde esa tierra de la espera, mientras que pedimos para él el perdón de Dios, le rogamos que no olvide nuestros nombres, ni nuestra diócesis, nuestro presbiterio y seminario, ni nuestros pueblos.
El Señor le conceda el descanso eterno. Descanse en paz este querido hermano.
+ JESÚS SANZ MONTES, OFM
Catedral Huesca
7 julio 2009
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