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Cartas y homilías de Mons. Jesús Sanz Montes
SEAMOS REALISTAS Y PIDAMOS LO IMPOSIBLE
Así decía una célebre pintada en las paredes de la Universidad Sorbona de París durante la revolución de mayo de 1968: “sed realistas: pedid lo imposible”. Si no hubiera un indómito deseo en lo más noble de nosotros que nos hace aspirar a ese mundo mejor que no logran amasar nuestras manos, jamás pediríamos lo imposible, sino que nos resignaríamos a lo que hay, a lo que nos imponen, a lo que nos compravenden. Y sin embargo, los únicos realistas, los únicos que verdaderamente viven la más legítima revolución, son los que no aceptan que las cosas sean así porque sí, porque se den, porque su propia inercia nos las asignan.
Dios ha venido para romper esa inercia fatal que nos permita volver a empezar. La Navidad no es la historia lejana de algo que sucedió hace muchos siglos, sino la narración de algo que sigue sucediendo en nosotros y entre nosotros. Que Dios es cercano, que no es enemigo y desea nuestro bien. Él ha venido para abrazar las preguntas que cada uno tiene en su corazón, preguntas tantas veces disimuladas, o trucadas, o censuradas, pero que siguen estando ahí como el desafío de nuestra propia felicidad. Por esta razón hacemos fiesta, y engalanamos calles, y nos disponemos al sincero afecto y a la verdadera paz.
Y así también, un rito como este de estrenar el nuevo año, tiene sin duda alguna un trasfondo más amplio que desborda propiamente una fecha redonda como el primero de enero. Porque nuestro corazón, no sólo en este día, sino siempre, tiene una sed infinita de estrenar una felicidad para la que ha sido creado. Por eso nos encontramos y reconocemos siempre que hay una ocasión para volver a recordar esta verdad profunda de nuestro hondón más verdadero.
Y esto es lo que despierta en nosotros la esperanza. Para este primero de año, el Santo Padre nos ha escrito un mensaje precioso para la Jornada Mundial de la Paz: “no te dejes vencer por el mal, antes bien, vence el mal con el bien” (Rom 12, 21). Podríamos pensar que no hay nada que hacer ante un panorama muchas veces duro y desolador como a diario vemos en los medios de comunicación. “Ante tantos dramas como afligen al mundo –dice Juan Pablo II–, los cristianos confiesan con humilde confianza que sólo Dios da al hombre y a los pueblos la posibilidad de superar el mal para alcanzar el bien. Con su muerte y resurrección, Cristo nos ha redimido y rescatado pagando «un precio muy alto» (cf. 1 Cor 6,20; 7,23), obteniendo la salvación para todos. Por tanto, con su ayuda todos pueden vencer al mal con el bien. Con la certeza de que el mal no prevalecerá, el cristiano cultiva una esperanza indómita que lo ayuda a promover la justicia y la paz. A pesar de los pecados personales y sociales que condicionan la actuación humana, la esperanza da siempre nuevo impulso al compromiso por la justicia y la paz, junto con una firme confianza en la posibilidad de construir un mundo mejor” (Mensaje de Juan Pablo II, Jornada Mundial de la Paz 2005, nº 11).
En este nuevo año 2005 os deseo a todos vosotros, que podáis experimentar en vuestra propia vida el fruto del nacimiento de ese príncipe de la Paz que se hizo niño para nuestra salvación. Dejemos crecer a ese divino niño en nosotros y entre nosotros: que la navidad no sea de quita y pon, sino que continúe como luz durante todo el año. Y que Santa María, nos ayude a todos a hacer lo que el Señor nos diga –como fue su propia historia de fidelidad para con Dios–, que nos empuje a percatarnos del vino que le falta a la humanidad en las bodas de la vida –como ella hizo en Caná–, que nos abra al reconocimiento de Jesús en su Eucaristía como el pan adecuado para todas nuestras hambres a fin de poder hallarle también en todas sus demás presencias, particularmente en los distintos rostros de pobreza de nuestros hermanos.
Con todo mi afecto y bendición
† Jesús Sanz Montes, ofm
Obispo de Huesca y de Jaca
02.01.2005
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